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lunes, 22 de octubre de 2007

EL APASIONANTE MUNDO DEL TREN

La fauna y flora de los medios de transporte españoles es para darles de comer a parte.

Este fin de semana Vane (también conocida como “¡Qué mona va esta chica siempre!”) y yo nos enmBarcamos en una aventura épica consistente en sobrevivir a un viaje en tren nocturno con su correspondiente regreso a casa. Y efectivamente cual Frodo con el anillo partimos hacia un destino incierto lleno de obstáculos y peligros.

En primer lugar encontrar el asiento asignado no es tarea fácil. Parece sencillo simplemente se sigue el orden lógica de los números pero cuando llegas al final del vagón y el número que figura en tu billete no existe hay que tomar decisiones drásticas: buscar al revisor. Este consulta una lista y te dice que aunque ponga que tienes el 75 vayas al departamento 11 y te sientes donde te de la gana en los asientos 110 a 118. No sé como no se me abría ocurrido antes lo de sentarme en esos números ya que reviste de una lógica aplastante. Ingenua de mí pregunto el motivo de este “cambio de numeración” a lo que me dice que han decidido cambiar los números de los asientos y hay departamentos que faltan. Comprendo el planteamiento renfiano y vuelvo a informar a mi intrépida compañera de viaje,

La lucha porque alguien te cambie el sitio en un tren es dura, difícil y casi titánica. A arte de hacerse los suecos deben tener algún tipo de unión por el asiento asignado por la máquina renfiana al que les une lazos más fuertes que la muerte por lo que perder su sitio es peor que la muerte. De esa forma intentar que nos cambiaran el sitio para viajar juntas. Un pobre incauto intentó hacerse el italiano y no entender lo que le decía pero como una es muy “leía y escribía” le acabó trasladando un par de departamentos y solucionamos el problema de los asientos separados. Lo gracioso es que después de tanto lío sólo tenía cuatro pobladoras (son de 8 asientos) dos ancianas y nosotras el “departamento fantasma”.

Las ancianas iban de excursión a Barcelona y se dedicaron durante varios minutos a subirse a los asientos y mover las maletas de sitio para demostrar su estupenda forma física. Durante este tiempo nos introdujimos en la apasionante y didáctica lectura de la revista Glamour mientras nos reíamos de los compañeros del departamento de al lado (incluido el chico-guapo-con- gorro-posiblemente-alopécico y el resto de sus amiguitos. Pronto nuestra atención se centró en la señora que decidió recostarse ocupando dos de los asientos para dormir más cómoda. Todo sería razonable si no fuera porque retorció el brazo de tal forma que le impedía respirar enrollándolo por detrás de su cabeza cual boa constrictor. A los dos minutos comenzó a roncar y su compañera de viaje decidió matar el rato jugando a las tres en raya ella sola (robando los juegos de todo el vagón que depositó en su bolso para seguir disfrutando en otro momento de ganarse a sí misma).

Vane concilió el sueño mientras yo me metí en el mundo constitucional mientras noté como la señora que no había caído en coma abrazaba su bolso y me miraba con suspicacia. Al poco decidió fingir que dormía y cuando ocasionalmente miraba por la ventana notaba como abría los ojos para ver si ya me había dormido para poder descansar a gusto sin miedo a ser robada. De hecho cuando opté por ir al baño ella salió corriendo en dirección contraria para así poder seguir vigilando su bolso a su vuelta.

Al rato intenté dormir un poco pero los ronquidos ensordecedores de la “Bella Durmiente” me lo impedían, me puse cómoda subiendo las piernas al asiento de enfrente pero la vieja decidió que podía aprovechar y ocupar los cuatro asientos ella sólo golpeándome sutilmente las zapatillas cada poco. Igualmente como a su compañera se le caía la botella gigante de Aquarius cada dos minutos ambas de despertaban sobresaltadas por el ruido y yo intentaba ganar un poco de espacio vital para no acabar con el culo cuadrado.

Finalmente llegamos a Sans enteras y muertas de sueño y dolor postural decidiendo que viajar de noche no es y nunca será una buena idea.

El viaje de vuelta sirvió para ver las sanas costumbres españolas que básicamente consisten en llevar alimentos en cantidades industriales que podrían servir para alimentar a media Somalia. Supongo que son previsores y contemplan la posibilidad de estar aislados en el tren durante meses en caso de un ataque nuclear o algo semejante. El claro ejemplo viajaba en la fila de delante. Un chaval al que nos referiremos como Pijo-progre que nada más sentarse se metió entre pecho y espalda una magdalena con chocolate (cual crío pequeño) que se encargó de lamer con lujuria ante nuestros ojos. De todas formas le torturamos pegando voces e impidiéndole dormir.

Al rato completó el menú con una macro bagette del Pans y su refresco correspondiente que sacó de su manga y paladeó lentamente regocijándose. Sus compañeras del asiento trasero decidieron emularle sacando sus propias provisiones consistentes en miles de bolsas de patatas fritas que comieron calmadamente durante horas mientras jugaban al Chinchón. Todo muy rústico.

Otro fenómeno de los viajes de día es ver como la gente decide pasear por el vagón arriba y abajo durante todo el recorrido sin rumbo fijo o comprobar el robo masivo de auriculares.

De todas formas merece una mención especial el “simpático” camarero del tren que estaba desesperado y bastante cabreado con el mundo y que posiblemente acabase matando a los clientes que poco pacientes con su lentitud le encuestaban además por los problemas de retrasos del tren.

Afortunadamente este viaje fue más rápido y sobrevivimos para contarlo. Eso sí, una y no más Santo Tomás.

1 comentario:

  1. Yo también hice un viaje hasta Madrid una vez de noche, y decidí que no viajaba nunca mas así, si tenia que gastarme algo de dinero mas lo hacía, pero de noche, nunca más!!!

    Me alegro de que hayais sobrevivido y podaís contar todas las pericias del viaje.

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