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domingo, 20 de noviembre de 2016

A vueltas con el sueño

Si hay un estado que me define últimamente es "sueño". Esto de trabajar por las noches con la "no conciliación" de mi empresa pasa factura aunque este año poseídos por el espíritu Cookita de Slow Life estoy intentando tomármelo más tranquilo y eso significa siestear, dormir, taparme y quedarme en la cama el tiempo reglamentario y chantajear a mi señor hijo los fines de semana con Peppa Pig o lo que haga falta con tal de ser persona y poder vivir momentos de calidad.

Por eso estoy teniendo una relación muy bonita con mi colchón aunque el pobre está para pocos trotes. ¿Sabéis eso de que cuando tienes una herida todos los golpes van a ella? Pues mi colchón es igual para los líquidos, manchas y escapes varios de querubín. Ha vivido niñas del exorcista, meadas en cambios de pañal, accidentes con batidos... de todo. Y más o menos lo vamos salvando con pequeñas limpias y saneamientos pero me parece que está el pobre en las últimas. Ha tenido una vida poco digna pero esperaremos a los 5 años del canijo para evitar que el nuevo corra la misma suerte de impregnación de fluidos corporales. En honor a la verdad debo decir que los colchones viscoelásticos mantienen a raya bastante bien los olores y aunque parezca que haya dormido una familia de homeless durante 15 años el olor y la textura sigue siendo decente con ayuda de los consejos de toda la vida: amoniaco, cepillo y paciencia.

La verdad es que recordando esos colchones de antaño donde darles al vuelta dos veces al año era mandatario y aún así tenías hecho el hueco del culete y se hundían en el centro la cosa ha mejorado mucho. También es cierto que me cuesta no acordarme de los colchones de lana del pueblo. Esos en los que sumabas la base de alambra y cuando te metías en la cama te tragaba hacia el centro y no podías volver a salir nunca más en una mullida pero algo incómoda postura, sobre todo si compartías habitáculo con otro durmiente y se convertía todo en "cariñoso" por la gravedad.

Estoy segura de que si las camas hablasen ( y más aún los colchones que tienen más contacto intimo con sus durmientes) se escribiría una preciosa historia de la vida de sus dueños así que es cierto que jubilar mi colchón me da un poco de pena, aunque mi propósito es que su sustituto se use un poco más para dormir y dejemos de lado un poco el sueño perenne.



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