Siiiiii, lo sé, tenía mi lista muy abandonada pero es que la vida ha sido un poco rutinaria últimamente. Pero me he puesto manos a la obra y no contenta con cumplir el objetivo encima lo he mejorado. No sólo he participado en una pelea, ¡¡La he provocado!! Pero no una pelea de esas de la tele, una de verdad en la que no hay porrazos, básicamente uno se pone pesado, el otro le atiza y … bueno, mejor lo cuento entero.

Normalmente sabes cuando asistes a un evento que tiene todas las papeletas para acabar a porrazo limpio: un concierto independiente lleno de borrachos, una manifestación macarra, el primer día de rebajas del Corte Inglés o el lanzamiento del último libro de Harry Potter. Hay lugares donde claramente te arriesgas a recibir una galleta sin motivo aparente. Pero en la lista de “entornos conflictivos” nunca hubiera puesto un concierto de Il Divo.

Desde el instante en que entramos sabíamos que la cosa no pintaba bien. Y eso que para haber cobrado tuvo mucha más gracia el concierto de Madrid donde Sonia intentó explicar a una fan borracha que el programa que vendían era una mierda autentica y que Urs era muy feo. Pues bien los hechos delictivos acontecieron en el concierto de Paris.

Llegamos algo tarde por un fallo técnico de cálculo, pero nunca tanto como los franceses. Para los que no lo sepan a parte del resto de virtudes que adornan a los parisinos estos son tremendamente impuntuales por lo que el show empezó con casi una hora de retraso, cosa que no impidió que aún así una hora y media después de la hora de inicio estuvieran entrando personas todavía (básicamente la hora a la que debía acabr el concierto). Por eso incluso tuvimos que esperar en el raquítico auditorio (como una cuarta parte que el palacio de los Deportes) tiempo más que de sobra para analizar a nuestro compañero de asiento. Un sesentón con coleta (peinado que horrorizaría al mismísimo Llongueras) y una verruga como la de Enrique Iglesias que acompañaba a su esposa. No dudo que el mosqueo por ver el concierto ya venía de casa porque nada más que escuchó que hablábamos en otro idioma se dedicó a chiscarnos para que nos callásemos con bastante poca cortesía. Ruegos que obviamente nos pasamos por el forro de la ropa interior. ¡Sólo faltaba!

No es raro encontrar que los estirados capitalinos odien a los españoles, pero como el sentimiento es mutuo no me preocupa en exceso. Muy irritado pasó casi todo el concierto mirándonos fijamente con odio profundo. En el citado recital el miembro español del grupo confesó que no hablaba ni papa de francés y que había dos opciones para que siguiera hablando: hacerlo en inglés o en español. Claro, a una le salen los colores y viendo el rebote que llevábamos con los groseros franceses nos pareció un golpe la mar de gracioso y le animamos a continuar en nuestro idioma. ¡Con dos cojones oye! Ir a otro país y no aprender ni media frase para quedar bien, así se hace. Desde ese día Carlos Marín ha sido declarado el Santo de los Españoles Puteados en Francia. Huelga decir que no le hizo mucha gracia el arranque patriótico al tipo del peinado de los sesenta.

La cosa trascurrió con cierta calma hasta que al final del show, cuando apagan las luces, muy gentilmente nos levantamos para poder bajar a la zona del escenario para los bises. Como en todos los conciertos del cuarteto en esta parte la gente se acerca y ellos firman autografos, saludan y demás. Así que con calma, parsimonia y respeto pedimos permiso para salir.

En ese momento el tipo decidió ponerse a empujar en plan psicópata a Bea justo cuando pasaba por delante suyo. El empujón fue estratégicamente dirigido hacia su culo con sendas manos provocando que para no caer sobre los asientos de delante tuviera que hacer malabares ya que la butaca le quedaba a la altura de las rodillas y podía caer en picado de la grada. Atónita y viendo la saña del menda hice lo que todo ser humano hubiera hecho:

¡Le arreé una colleja con mano abierta que casi le saltan los dientes!

Ante el porrazo, que sonó a hueco, su mujer miró intrigada ajena al sobe de culo de su señor esposo. En ese momento con los ojos inyectados en sangre me puse a gritar improperios en mi propia lengua a grito pelado llamandole desde “Hijo pu%$& estirado” a “gabacho de mierda” todo ello con el consiguiente riesgo de represalias. El tipo, acojonado, levantó las manos a la altura de la cara para protegerse de futuros golpes con pinta de terror. En estas Bea consiguió erguirse y darse la vuelta y comenzó la misma retahíla de insultos pero, esta vez, en su idioma original. La mujer del individuo miraba un poco alucinada mientras pasamos ambas delante de él gritando improperios y dispuestas a romperle los dientes en caso de que se opusiera a dejarnos pasar.

Cuando acabó el concierto nos dimos la vuelta para buscar al tipo pero salió corriendo, espero que por miedo a que las salvajes españolas le agrediesen de nuevo. Hizo bien, no me hubiera gustado acabar en comisaría por agresión en un concierto pijo. ¡Una tiene una reputación coñe!

Pues bien, esta es la historia completa de por qué la violencia no siempre es mala.

Pues eso ¡Objetivo cumplido!