Había pensado mucho sobre si dedicar unas palabras a Susan Boyle porque el fenómeno mediático en el que se ha convertido la ha hecho carne de cañón para cadenas de mensajes y blogs varios. Pero su capítulo final, propio de un buen guión con final sorpresa me ha covencido para analizarlo.

Cuando me hablaron de esta señora con cara de malo de dibujos animados que eligió una de la canciones más bellas de Los Miserables para su aparición en Britain’s Got Talent me dio mucha curiosidad.

No es habitual que alguien consiga que Simon Cowell se disculpe en público. Tras ver el video de la actuación y sobre todo de su presentación todos entendimos el por qué de la “revolución”.

Con sus cuarenta y ocho años esta inglesa que se confiesa virgen y cuya inspiración en la vida es la joven actriz Ellen Page no podía dejar a nadie indiferente.



Su I dreamed a dream sonó a victoria en la final, una victoria anunciada desde hacía varios meses tras haber presenciado como el sueño de esta solterona escocesa se iba convirtiendo en realidad. En todos estos días Catherine Zeta Jones quiso interpretarla en el cine, James Cameron confesó estar interesado en dirigir el biopic, los políticos y los miembros de la farándula la felicitaban, todos querían darle un cambio de imagen, y cuando por fin se decidió la cadena echó humo por las orejas y le llovieron las críticas por traicionar su autenticidad (¿Acaso ser un mono de feria es autentico?) e incluso una compañía de películas para adultos ofreció unas cifras mortales por perder la virginidad en una de sus producciones porno.

Parecía que era demasiado y efectivamente así fue.

Muchos opinaban que debería haber dejado el programa, y quizás tenían razón, pero ella se empeñó en seguir el sueño, después de todo el contrato blindado con la cadena británica la hubiera dejado muy diezmada de cualquier ingreso ajeno al programa. En todo caso tras las críticas de cantantes como Lilly Allen y tras acosos de periodistas y fans las últimas semanas pasaron factura a la pobre mujer que quedó finalmente segunda, añadiría que injustamente, y a pesar de su aparente deportividad ante la cámara detrás aconteció el holocausto.

La antaño encantadora cuarentona comenzó a lanzar improperios contra el programa entre bambalinas, el mosqueo le llegó hasta el hotel donde dicen que se puso aún más violenta y de ahí directita al psiquiátrico por “una crisis nerviosa”.

¿No se podía ver venir que una mente simplona e ilusionada como la de esta ama de casa, amante de los karaokes y de los gatos podía acabar así? Viendo la semana precedente a la gran final todo parece indicar que sí pero siempre vende más lo que ha pasado que haber intervenido antes. Los medios de comunicación crearon una estrella y ahora la han destruido.

Este capítulo final convierte la historia de Boyle en toda una crítica al sistema mediático en el que vivimos. Es como le cuento de La Lechera pero con más mala uva.